Feb 26

(3 Juan 2)

Y finalizando hoy con la carta que el apóstol Juan le escribió a su amigo y hermano en la fe Gayo, lo tercero y último que le expresa en el versículo dos es que también está orando a Dios para que aparte de darle prosperidad material y buena salud le conceda la prosperidad del alma.

El vocablo griego PSUCHE, que se traduce como alma, puede interpretarse en el Nuevo Testamento de la Biblia de diversas formas de acuerdo al contexto: la vida natural del cuerpo; la parte inmaterial del ser humano; el hombre desencarnado; el asiento de la personalidad; el asiento de la voluntad; como pronombre personal; el individuo o la persona; una criatura animada sea humana o no; la vida interior de alguien en contraste con su vida exterior; y finalmente, como el asiento de la nueva vida, que es a lo que se refiere el autor de este versículo.

En otras palabras, Juan le dice a Gayo que así como su vida material va prosperando día tras día tanto en sus negocios como en su salud física, dicha prosperidad debe ser de igual tenor en su vida inmaterial, en su ser interior, en la reciente vida que ahora tiene al haber nacido de nuevo como cristiano por la obra del Espíritu Santo, quien lo ha engendrado y le ha hecho hijo de Dios, hermano de Cristo y consubstancial con el Padre Celestial. De manera que así como en la vida natural un bebé requiere cuidado y alimento para crecer, desarrollarse, madurar y ganar mayores habilidades cada día, de igual manera, en la vida sobrenatural, un cristiano requiere cuidado y alimento para que cada día crezca en conocimiento, fortaleza, estatura espiritual y habilidades que le permitan ser más eficaz en el trabajo que hace para Dios. Un hijo de Dios no puede ser el mismo del año pasado, ni del mes pasado, ni de la semana pasada, y ni siquiera del día anterior; sino que cada vez debe ser mejor, debe tener mayor fortaleza para vencer las debilidades del viejo hombre, debe tener más conocimiento espiritual, mayor comunión con Dios y más y mejores frutos de su trabajo. Cada día deber ser menos él para que Dios sea más en él. O como diría Juan el Bautista: “es necesario que yo mengue para que Cristo crezca en mí”. En el cielo no habrá premios por antigüedad, sino por madurez, por ello debemos avanzar hacia la perfección, prosperando nuestra alma por encima de todo, pues la vida espiritual es eterna, en cambio la material, no.

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“Devocionales en Pijama
de Donizetti Barrios
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Feb 25

 

(3 Juan 2)

Continuando con la carta que el apóstol Juan le escribió a su amigo y hermano en la fe Gayo, lo segundo que le expresa por lo cual ora a Dios es para que tenga buena salud. La sanidad que Jesucristo vino a impartir a la tierra y todos los milagros de sanidad que siguen ocurriendo en su nombre, es precisamente para devolverles a las personas la salud que ha sido quebrantada. Es mejor gozar de la bendición de la salud y no de la sanidad, porque para sanarse hay que enfermarse primero. En cambio, lo que Dios desea, es que no perdamos la salud. Es por eso que si alguien que se enfermó del corazón por malos hábitos alimenticios es sanado milagrosamente por Dios, ahora deberá conservar esa salud reprogramando su forma de nutrirse y vivir para no recaer.

Básicamente hay siete consejos que te ayudarán a mantenerte saludable en la vida:

  1. Consume agua generosamente. Hay quienes le dan demasiada comida a su cuerpo cuando lo que realmente está padeciendo es una gran sed.
  2. Come inteligentemente, de acuerdo a tus necesidades y no de acuerdo a las costumbres culinarias del país o a las ofertas del mercado gastronómico.
  3. Haz ejercicio, no te oxides, la vida sedentaria enferma y mata aún al más fuerte.
  4. Descansa y duerme lo justo, tu cuerpo es como una máquina que se auto repara.
  5. Ten buena higiene con tu cuerpo, la ropa, la vivienda y utensilios de trabajo, pues la suciedad atrae enfermedades. El vocablo griego que se ha traducido como salud en 3 Juan 2 es HUGIAINO, de donde viene la palabra higiene.
  6. Cuida la salud de tu mente, está comprobado que las personas que no perdonan, que viven llenas de rencores y que se enojan por todo, alteran el balance químico de sus cuerpos, bajan sus defensas y se hacen propensas a enfermarse.
  7. Cuida la salud de tu espíritu, cuando una persona tiene la paz de Dios en su vida puede procesar de mejor manera toda la toxicidad de un mundo corrompido.

El apóstol Pablo le dice a los Corintios en su primera epístola que el cuerpo que tenemos es santo, porque en él vive Dios en la persona del Espíritu Santo, por lo cual debemos cuidarlo y sustentarlo. Y también nos amonesta a no dejar que la carne, que es inmaterial y pecaminosa, use nuestro cuerpo, que es material y santo, para cosas dañinas, inmorales y destructivas. ¡Dios te ama mucho y te quiere saludable!

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Feb 24

(3 Juan 2)

El apóstol Juan le escribió una carta a su amigo y hermano en la fe Gayo en la cual le saluda diciéndole que le ama y que desea que sea prosperado en todas las cosas, y que tenga salud, así como prospera su alma. Saludo que aunque era un formalismo de la época también expresa el verdadero deseo de un Dios de amor hacia su hijo amado. Por ello en nuestra mente debe cambiarse el concepto de que el amor de Dios por mí es tan grande que su anhelo es que viva en la miseria, padeciendo necesidades, durmiendo en una porqueriza, vistiendo harapos, comiendo suciedades y oliendo a jaula de mono. ¿Y por qué alguien pensaría así? Por la herencia religiosa que nos legó la colonia española que durante 400 años nos hizo creer algo que todavía permanece en el inconsciente colectivo de millones de latinoamericanos, y es pensar que entre más suframos en este mundo, mayores merecedores seremos del cielo. Teología que es absurda y contraria a la voluntad de Dios, pues el cielo no se gana con sufrimientos; es más, ni siquiera se gana, sino que se recibe de gracia y por la fe.

Los sufrimientos que un cristiano puede llegar a padecer se deben o a sus malas decisiones, o a persecuciones por motivos de su fe, o a terapias que Dios nos da en momentos específicos de la vida para templar nuestro carácter. Pero el vivir con el complejo de mártir no refleja para nada el verdadero deseo de nuestro amoroso Padre celestial, sino que por el contrario, lo acusa de sadismo. Jesucristo nos enseñó que por muy malo que sea un hombre jamás le dará una piedra a un hijo que le pida un pan, o una serpiente cuando le haya solicitado un pescado. Y si la gente mala da cosas buenas a sus hijos, cuanto más Dios que es tan bueno no les dará lo mejor a sus hijos. El apóstol Pablo dice que si Dios fue capaz de entregar a su propio hijo Jesucristo por nosotros, cómo no nos dará junto con Él todas las cosas. En el original griego de 3 Juan 2 lo que el autor expresa es que ora con el deseo vehemente de que su amigo sea próspero. Y para prosperidad usa el vocablo EUODO que viene de las raíces EU, bien, y HODOS, camino, lo cual nos habla de un camino de bienestar, de un proceso en  el que se dan sucesivas mejorías en las cosas materiales. Y esto como fruto del trabajo, de buenas decisiones, del ahorro y de la fidelidad a Dios, y no como el resultado intempestivo de un acto codicioso en el que le doy 100 dólares a Dios para que Él me devuelva 1000, como parecen sugerir algunos oradores expertos en vaciarle los bolsillos a la gente.

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Feb 23

(Santiago 1:6-7)

Aunque el refrán popular dice que hay que ser como Santo Tomás, ver para creer, lo que la Biblia nos enseña es que hay que ser todo lo contrario de Tomás, creer para poder ver. Tomás no recibió felicitaciones de Jesucristo por haber dicho que hasta no verlo resucitado no creería, por el contrario, fue reconvenido de manera muy sutil al explicársele que aquellos que creyeran sin necesidad de ver serían bienaventurados.

A los discípulos de Jesucristo se nos insta a no caminar por vista, sino por fe, a mirar con los ojos espirituales lo que los ojos naturales no pueden ver. Se nos anima a confiar en Dios teniendo la plena certeza de que Él nunca faltara a alguna de sus promesas contenidas en Las Escrituras. Se nos pide que jamás despreciemos la fe aunque sea tan pequeña como una semilla de mostaza, sino que por el contrario, la alimentemos con la misma Palabra de Dios. La fe es una certeza, una confianza, una convicción, un estar seguro. Es tener en el presente lo que sólo se materializará en un futuro. Es ver, tocar, oler y saborear la comida que aún no me han servido. Es cruzar un puente que todavía no se ha construido para alcanzar la otra orilla de un río que aún no ha nacido.

Pero la fe, aunque dé esa impresión, no es la apología de lo absurdo ni el sustento de lo ilógico. La fe obedece a unas leyes, a leyes espirituales que son superiores a las físicas o naturales. Nadie por ejemplo, aunque diga tener toda la fe del mundo, logrará que Dios haga algo malo o que el diablo se salve. Tampoco conseguirá que un ser humano sea inmortal o que el universo entero se pueda conquistar. La fe tiene sustento, tiene bases, es por ello que pudiéramos decir que la fe es el tiquete para viajar en un tren que es invisible, que está manejado por la razón, que arrastra los vagones de la emoción y que se desliza sobre los rieles de la voluntad divina.

Santiago, a quien la Biblia llama Jacobo, uno de los hermanos carnales de Jesucristo, dice que cuando pidamos algo a Dios lo hagamos con la completa certeza de que Dios nos lo concederá, porque si no estaremos perdiendo el tiempo y la oración. Nadie debería decir: “vamos a ver qué pasa, oremos por si acaso, es posible que Dios me conteste, nada se pierde con el intento”. Pues el que pide de esa manera sólo está demostrando que está lleno de dudas y que sus altibajos lo tirarán de un lado a otro tal y como el viento hace con las olas del mar. ¡Hay que creer para poder ver! ¡Créelo!

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Feb 22

(Eclesiastés 9:10-12)

Amigo, sé bien que pasas por un momento horrible como deportista profesional. Los periodistas que antes te elogiaban y te asediaban para una entrevista hoy parecen haberse convertido en tus enconados enemigos El público que antes te aplaudía y coreaba tu nombre, hoy te abuchea y te hace chistes hirientes. Aún tienes la impresión de que tus compañeros, los directivos del club y el mismo entrenador se han unido para conspirar contra ti. Y ni qué decir de tu representante, él piensa que tal y como estás ahora, nadie daría un centavo por tu transferencia a otro equipo.

A veces quisieras llegar del entrenamiento, tomarte una pastilla y echarte a dormir hasta el otro día. Otras veces quisieras arrojarte al piso y llorar de rabia y frustración. Y cada día debes lidiar con esas preguntas que te martillan: ¿qué me pasa? ¿Por qué me va mal? ¿Por qué no logro rendir como mis compañeros? Ellos se escapan a sus fiestas, no siguen las dietas al pie de la letra, son indisciplinados, entrenan a medias, consultan adivinos, se burlan del entrenador, hablan mal de las directivas, no valoran a los seguidores del equipo, son hipócritas en las entrevistas de televisión, sólo les interesa el dinero que cobran y sin embargo sus representantes les consiguen buenos contratos y son los niños consentidos del periodismo y del público. No entiendo, ¿por qué? ¿De qué me ha valido trabajar duro, entrenar como un burro, dar la vida en cada juego, seguir la dieta, obedecer al técnico y respetar a las directivas del equipo y al público? ¿Para qué?

Pero no te desanimes, toma tu Biblia y aprópiate de Eclesiastés 9:10-12, donde el autor básicamente te dice: “No dejes de entrenar duro, ser disciplinado, hacer tu dieta, obedecer al entrenador y hacer todo con alegría, no con rabia ni con sentimientos de inferioridad o superioridad. Esfuérzate ahora, pues tu profesión es corta y la vida también y cuando vayas a la tumba ya no habrá tiempo para más. Además la recompensa vendrá, tenlo por seguro. A todo ser humano le vienen momentos críticos, de repente, quedando atrapados como un pez en la red o como un pájaro en la trampa. Mas no desmayes, es en esas circunstancias que se prueba el verdadero carácter del  triunfador. Esos obstáculos en la pista no son para sabotear tu carrera, sino para enseñarte a brincarlos. Y finalmente, acuérdate que no gana el más veloz, o el más fuerte, o el más talentoso, sino el que está en el  lugar correcto, en el momento oportuno. La gente le llama a eso suerte, pero tú sabes que es la gracia de Dios, por eso no lo dejes, porque con Cristo siempre ganarás”.

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Feb 19

(Romanos 6:13)

No existen guitarras eléctricas cristianas y guitarras eléctricas seculares. Tampoco consolas de sonido cristianas y consolas de sonido seculares. No hay ni radios cristianas ni radio seculares. Tampoco existen la música cristiana y la música secular. Y ni se le ocurra pensar que en la iglesia hay dinero cristiano y en la calle hay dinero secular. Esas divisiones no existen en la Biblia, son producto de la cultura religiosa, pues ni siquiera aparecen en la Biblia.

Lo que si encontramos en las Escritura es un llamado a hacer un uso correcto de cada cosa que Dios pone en nuestras manos, sean guitarras eléctricas, consolas de sonido, radios con permisos gubernamentales, dinero bien habido, etc. Aún de cada miembro de nuestro cuerpo físico debemos hacer un uso adecuado que redunde en beneficio propio y ajeno. Por ejemplo, las zonas erógenas de nuestra naturaleza física no son malas o pecaminosas en sí mismas, como llegaron a pensar algunos fanáticos en la antigüedad, incluyendo a Orígenes, un famoso líder cristiano y teólogo del siglo III en Alejandría, quien en su austeridad llegó a cortarse los órganos viriles para hacerse eunuco por motivos del evangelio. El consejo del apóstol Pablo a los cristianos de la iglesia en Roma, en el capítulo seis versículo 13 de su carta es el siguiente:

“Muchachos, el cuerpo que ustedes tienen no es pecaminoso, es santo, en él vive el Espíritu Santo, por lo cual deben cuidarlo y respetarlo. Pero, en nuestra naturaleza humana existe el pecado, no los pecados, sino el pecado, en sentido genérico, es decir, la carne, la concupiscencia, los deseos de hacer cosas malas, prohibidas. Entonces, como ustedes ya son cristianos y han podido, por el poder del Espíritu Santo, dominar la carne, la naturaleza pecaminosa, por favor, no permitan que dicha carne use los miembros de su cuerpo para actos inmorales. Grábense esto en sus cabecitas, el cuerpo no es para la fornicación, sino para el santo deleite sexual con la persona que Dios les conceda para toda la vida. Recuerden que el cuerpo, la parte física, la parte material de ustedes, no es malo, es santo, limpio, puro. Pero, la carne, la parte inmaterial, la parte no física, el instinto pecaminoso, ese sí es sucio, feo, impuro. Entonces, ya saben, no permitan jamás que la carne use sus cuerpos para sus fechorías. Mas bien presenten los miembros de sus cuerpos a Cristo para que Él los use como instrumentos de justicia.”

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Feb 18

(Éxodo 16: 4,5, 14-31)

La historia de cómo Dios alimentó durante 40 años en el desierto a la nación de Israel es asombrosa, verídica y milagrosa. Y hay en ella algunos detalles que no se deben perder de vista. Primeramente Dios les ordenó que recogieran una porción de maná para cada día, la suficiente para cada uno, la que se quisiera comer, era autoservicio gratuito, pero sólo se debían servir lo del día, no podían guardar. Sin embargo, no faltaron los que se las quisieron dar de muy inteligentes y tomaron para ese día y para el siguiente, “por si acaso”, pero resulta que al otro día el maná guardado tenía gusanos y olía mal.

En segundo lugar, Dios les ordenó que el día sexto recogieran el doble de maná para que al otro día, que sería el séptimo, descansaran, se quedaran guardando el día de reposo y no salieran de casa, porque ese tiempo no sería de trabajo sino de adoración para Dios. Además en esa fecha no caería pan del cielo. Y como cosa curiosa en esa ocasión el pan adicional que habían llevado no había criado gusanos ni olía mal, sino que había amanecido fresquito. Sin embargo otra vez los que se las quieren dar de muy sabios salieron al campo a buscar el maná y no encontraron “maj na”, o nada más.

Nuestra mente humana y desobediente hoy en día estaría tratando de desarrollar algunos refrigeradores para congelar maná y venderlo en los días siguientes. Seguramente aparecería el especulador que lo escondería para subir después el precio. Y otros conseguirían una camioneta con altoparlante e irían de casa en casa ofreciendo el producto: “a llevar el maná fresco, a llevarlo, compre tres y pague dos, el manaaaaa”.

Pero lo que Dios quiere enseñarnos es que dependamos de Él, cada día, que confiemos en Él para cada una de nuestras necesidades. Él no quiere que dependamos de “un pan que cae del cielo”, Él quiere que dependamos del “Panadero” que nos suple en todas nuestras carencias. Y esto es bien simple de entender, porque si lo que tú buscas es un milagro de sanidad y no al Sanador, entonces te darás cuenta que aunque hoy te sanaste del estómago, mañana tal vez necesites sanarte del corazón. Y si lo que buscas es un milagro de provisión y no al Proveedor, te darás cuenta que aunque hoy pagaste al banco la mensualidad atrasada, en cuatro semanas tendrás que volver a pagar otra cuota. Ya no busques el milagrito, busca al Dios de los milagros. Sé sabio, no te lleves el pan del cielo, llévate al Panadero Celestial, hazlo tu Señor, tu Dios y tu Salvador.

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Feb 17

 (1 Samuel 15: 22-23)

¡Hay que ver como son de astutos los niños!… ¡Y desobedientes! Si tú le dices a uno de tus niños que vaya y limpie su cuarto, que recoja todos los juguetes que están regados por el piso, que levante la ropa que tiró, que tienda la cama y que acomode los libros, él, en su instinto rebelde, en su naturaleza obstinada y en su astucia muy humana, preferirá venir a tu lado y darte besos, abrazarte, ponerte conversación muy amena y hacerse el simpático, pero de cumplir la orden… nada. Claro que si le dices que vaya al refrigerador y saque un helado de chocolate y se lo coma, ya no habrá que insistirle, su obediencia será instantánea. Ellos sólo quieren obedecer en lo que les gusta o conviene.

Y es así como pretendemos todas las personas burlarnos de Dios, todos, sin excepción, pues la obediencia es una lucha que libramos en nuestro interior todos los hijos de Adán y Eva. Algunos arguyen que en ciertas etapas de su vida desobedecieron al Señor por ignorancia, porque no conocían su voluntad, pero también es verdad que cuando ya conocemos su voluntad la batalla se hace más cruenta, pues la nueva naturaleza espiritual que recibimos como cristianos nos señala lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer, pero la vieja naturaleza pecaminosa, que ha sido destronada pero no destruida, nos dice que hagamos todo lo contrario, que nos portemos mal.

Y es entonces cuando actuamos como los niñitos astutos, marrulleros y desobedientes. En lugar de obedecer a Dios y hacer lo que nos ha pedido que hagamos y dejar de hacer lo que nos ha pedido que no hagamos, queremos engañarle con besitos, abrazos y sonrisitas. Preferimos escribirle una canción antes que pagar una deuda. Preferimos llenar un estadio y predicar y hacer milagros, antes que llamar a una persona y pedirle perdón. Preferimos orar Salmos con la dulzura de un poeta, antes que visitar a nuestros padres y preguntarles si algo les hace falta. Preferimos liberar a un endemoniado antes que pagarle al gobierno nuestros impuestos. Preferimos hacer un estudio bíblico antes que cumplir con lo que el jefe nos ha pedido. Preferimos organizar un coro antes que dejar los amoríos con una persona no recomendable. Y así pretendemos engañar a Dios tal y como lo hiciera el Rey Saúl, a quien Dios le dijo que destruyera todo lo que era del pueblo enemigo de Amalec, pero este terco, queriéndoselas dar de vivo, conservó los mejores animales, dizque para ofrecérselos a Dios. Y ese acto de desobediencia le costó el trono, pues Dios lo desechó. ¡El mejor regalo para Dios es la obediencia, eso es todo!

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Feb 16

(1 tesalonicenses 2: 3-7)

Andrés le entregó los exámenes a su tío para que éste los ojeara mientras él se sentaba en el amplio sofá, junto a su esposa, sorbía un poco de café humeante y luego la abrazaba para que ésta se acurrucara en su costado con los brazos recogidos. El médico terminó de revisar los resultados, los puso sobre la mesa y echó mano de su tasa.

-         ¿Y bien tío, cómo te has sentido en estos días?

-         Bueno Andrés, la verdad, para mí ha sido un regalo de Dios el poder visitar esta ciudad, quedarme en tu casa, con tu familia y asistir a una iglesia tan grande y tan bonita como la que tú pastoreas. Imagínate, ¿quién me iba a decir que el sobrino más rebelde y ateo de la familia terminaría siendo un predicador tan popular?

-         Bueno tío, te lo debo también a ti, a tus oraciones de tantos años y a tu empeño por verme hecho un hombre de bien. Tú no sólo has sido mi tío, sino mi médico, mi consejero y mi padre espiritual. Y a propósito, ¿cómo ves mis exámenes?

-         Mira, toma las manos de tu esposa, mírala a los ojos y dile: “Qué buen páncreas que tengo”. Ahora levanta tu mano derecha y repite conmigo: “Soy un triunfador, mi páncreas trabaja muy bien”. Ponte de pie, coloca imaginariamente a la diabetes debajo de tu pie derecho y aplástala diciendo: “diabetes, tú no vas a tocar mi cuerpo, nunca, jamás, yo te he vencido”.

-         ¡Oye tío, tú no cambias, siempre has sido muy gracioso! Tú sabes que mi problema no es el páncreas, sino mi colesterol. De manera que algo estás tratando de decirme.

-         Sí, así es, en todos los videos de tus conferencias he notado que tus enseñanzas son muy buenas, muy edificantes, divertidas y amenas. Es por ello que a la gente les gusta tanto verlas en televisión y las compran. Sólo que por ninguna parte aparece la palabra pecado, es como si eso no existiera. Y allí me parece que te estás dejando llevar de la moda eclesiástica actual. Los oradores cristianos hoy en día son excelentes motivadores, expositores, comediantes y hasta recaudadores de finanzas. Pero, están fallando como médicos espirituales, no atacan la enfermedad, temen perder popularidad y simpatía. Y te digo algo sobrino, aunque yo sea el médico más estudiado, más popular, más gracioso y más consultado, sino ataco la enfermedad de mis pacientes y se me mueren, he fracasado. Y es verdad que tu páncreas no tiene problema, tu problema es el colesterol. Pero alégrate, ya todo está normal.

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Feb 15

(Mateo 20: 20-28)

Esto es terrible, le confesó a su amigo, si estoy jugando fútbol, quiero ser el mejor de la cancha, me molesta que otro compañero haga el gol, porque yo quiero ser el que hace el gol, quiero las felicitaciones y el aplauso para mí, no para él. Si vamos a cantar, quiero que mi voz suene mejor que las otras, quiero que sea la más hermosa. Si doy una conferencia, necesito urgentemente que la gente quede impresionada, se dé cuenta de mi gran capacidad y me felicite. Si mis amigos están hablando de los logros de sus hijos en la escuela quiero que los míos sean los que despierten mayor admiración, los que mejores notas tengan y los que más condecoraciones hayan recibido.

Pensándolo bien creo que lo que me pasa no es terrible, es enfermizo. No puedo desligarme de la esclavitud de mi ego, no puedo evitar querer ser el mejor en todo, ser el primero en toda parte, tener la esposa más bonita, la casa más grande, el auto más costoso, la ropa más fina y el trabajo más envidiado. Es más, si me muestras una foto de un grupo de personas donde estoy yo, ¿sabes a quién bucarán primero mis ojos? Sí, correcto, me buscaré a mí mismo, quiero verme cómo salí. Es inevitable, soy un egocéntrico, creo que el mundo gira alrededor mío. Cuando hablo por teléfono la palabra que más uso es “yo”. Y cuando converso en grupo quiero que todos me escuchen  a mí y hasta exagero las historias sólo para sorprender a los demás con mis supuestas hazañas. ¿Ves cómo estoy preso en mi ego, encerrado en mí?

Amigo, lo que también veo en ti es una gran sinceridad. Ya quisiera tener el valor que tienes tú para reconocer que ese mismo problema lo vivimos todos los humanos. El egocentrismo es algo innato, es algo contra lo cual tenemos que luchar, porque viene en nuestros mismos genes. ¿Pero sabes algo? Escuchándote a ti he podido comprender a Jesús cuando en la Biblia reconvino a sus apóstoles porque se peleaban deseando ser los primeros. El Señor les dijo que si realmente querían ser grandes e importantes, se convirtieran en servidores. ¿Puedes imaginarte eso? Para Dios es más valioso el que sirve a otro y le ayuda para que sea un ganador, que el mismo ganador. Es increíble, porque nunca he visto premios para los que ayudaron al campeón, sino para el campeón. Pero Jesús me dice que no puedo ser vencedor porque el vencedor es Él, y Él me ha regalado su victoria. Y que no puedo ganarme su amor, porque su amor por mí ya es demasiado grande. Y que no intente impresionarlo, que sólo lo ame y sirva, eso es.

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