Mar 31

 

(Proverbios 10:22; 1 Timoteo 6:17-19)

La riqueza material ha sido una de las metas más importantes en la vida de todo ser humano, sino la más importante a lo largo de todas las edades, al punto de que si el hambre por el dinero desapareciera, o al menos fuera mesurado, ya no habría ni robos, ni conflictos por las ganancias, ni loterías, ni industrias especializadas en la guerra, ni argumentos para muchas películas y telenovelas donde todo gira en torno a la plata. Y es que la riqueza en lugar de mejorarles la vida a muchas personas se las arruina, por motivo de que la mente del rico se hace estrecha, la fortuna le secuestra la inteligencia y lo esclaviza. Sí,  el rico ya no es dueño de la riqueza, sino que la riqueza se adueña de él. Y fruto de ello se vuelve egoísta, tacaño y amargado, ya que no disfruta su fortuna, sino que la sufre, pues vive con el miedo permanente de volverse pobre, con desconfianza hasta de su propia sombra, y con una aire de superioridad y una altivez que lo hacen falso, inhumano y antipático, puesto que nunca puede estar seguro de si lo aman por lo que es, o por lo que tiene. Y cada mañana, después de su escaso sueño por las múltiples preocupaciones, su amo la riqueza le sacude el látigo en la cara para que se levante y trabaje, para hacerla crecer mucho más a ella y para que él siga siendo su esclavo. ¡Qué ironía! ¡Ser rico para seguir siendo rico! ¡Es un círculo vicioso!

Pero la riqueza nunca debe ser para desgraciarle la vida a nadie, pues cuando Dios se la presta a un ser humano se la da como bendición, con gozo, y nunca acompañada de tristeza. Por ello el apóstol Pablo, quien provenía de una acaudalada familia y quien prefirió las riquezas eternas en Cristo en lugar de la pasajera riqueza de este mundo, les aconsejó a los ricos que no fueran altivos, que se quitaran ese airecito de superioridad de la cara y aprendieran a ser normales y humildes como la demás gente. Que no pusieran la esperanza en las riquezas, que son más inestables que una silla de dos patas; sino en Dios, que es muy estable, confiable, eterno e inmutable. Que disfrutaran de su fortuna con la familia, sanamente y sin despilfarros, pues nada se iban a llevar de este mundo. Que dejaran de ser tacaños y se volvieran generosos. Que recibieran el mayor tesoro de todos: el de Cristo en el corazón. Y que hicieran más riquezas, pero en el cielo.

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“Devocionales en Pijama
de Donizetti Barrios
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Mar 30

 

(Mateo 22:37-39; 1 Corintios 13:13)

Encontrar los motivos correctos por los cuales hacemos algo en la vida es importante para mantenernos motivados, pues no faltan las ocasiones en que llenos de desánimo no quisiéramos seguir con nuestras tareas y preferiríamos tirar todo por la borda y renunciar a seguir aplicando nuestra dedicación y esfuerzo a una labor específica. Cuando en la mañana se hace tan duro quitarnos las cobijas de encima, salir de la cama, caminar sonámbulos hacia el baño y negarle a nuestro cuerpo un poco más de sueño, es cuando tenemos que estar convencidos de que vamos a trabajar porque de esa manera nos sacamos adelante a nosotros mismos, sacamos adelante a nuestra familia, sacamos adelante una empresa, servimos a la comunidad y llevamos desarrollo al país. Cuando ir al cine, ver televisión o salir a jugar con los amigos luce más interesante que sentarse a leer libros, es cuando tenemos que estar convencidos de que estudiamos porque es la forma correcta de ahuyentar la ignorancia, de certificarnos en lo académico y de estar mejor preparados para ser más eficientes, productivos y ganar mucho más. Cuando da pereza hacer ejercicio físico y se nos antoja que es mejor quedarnos en casa comiendo pasteles, chocolates y otras delicias ricas en calorías, es cuando tenemos que estar convencidos de que el éxito deportivo, la salud y la belleza demandan una cuota de sacrificio, pues así se obtienen las medallas deportivas, el sentirse bien y el lucir bien.

No basta con hacer lo correcto, es importante también hacerlo de la manera correcta y, sobre todo, por la motivación correcta; pues cuando sabemos el por qué hacemos lo que hacemos nos auto motivamos y podemos vencer los instantes de desánimo que con alguna frecuencia nos asaltan. El problema se hace complicado cuando no sabemos el por qué hacemos las cosas, o cuando descubrimos que las hacemos sin motivaciones fuertes. Es urgente entonces replantear nuestras agendas y decidir si algo vale la pena o no, pues tiempo, dinero y esfuerzo, no se pueden malgastar. Pregúntate ahora: ¿por qué orar a Papá Dios? ¿Para qué obedecerle? ¿Para qué asistir a la congregación? Espero que tu primera motivación sea: “porque lo amas y sin Él no puedes vivir”.

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Mar 26

 

(Juan 14:8-9)

Si uno le quiere preguntar a una persona en inglés cuántos años tiene y lo hace traduciendo palabra por palabra, la pregunta le queda así: “¿how years you have?”, lo cual se supone que dice: “¿cuántos años usted tiene?”. Pero la verdad es que eso suena tan gracioso como cuando alguien dice: “Yo tengo caliente”, en lugar de decir: “tengo calor”. La forma correcta de preguntar la edad en inglés es: “¿how old are you?”. Y así, las reglas gramaticales en cada idioma deben ser respetadas para ser entendidos y para que no se burlen de nosotros.

Jesucristo, cuando hablaba a la gente tenía una forma peculiar de hacerlo, violentando aparentemente las reglas de la gramática. Por ejemplo, en Juan 7:34 se le ha traducido así: “Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir”. Aunque en el griego original lo que en realidad Jesús dijo fue: “Me buscaréis, y no me hallaréis, y donde Yo estoy, vosotros no podéis ir”.

En otra ocasión dijo: “Yo no tengo demonio, antes honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis”. (Juan 8:49). Cuando se supone que si estaba hablando del Padre Celestial debería decir: lo deshonráis”, en lugar de “me deshonráis”.

En otro lugar más Jesús expresó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Pero se supone que si está hablando del Padre no debería decir “nadie viene al Padre”, sino “nadie va al Padre”.

Y estando en la cruz del calvario no cometió un error gramatical sino de fechas, aparentemente, pues le dijo al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, (Lucas 23:43), cuando se supone que debió decirle: “nos vemos dentro de tres días en el paraíso”, puesto que Él iba a resucitar al tercer día. En fin, lo cierto es que los aparentes yerros de Cristo en la gramática y en las fechas tienen una explicación: Él es el Padre. Sí, Jesucristo es Dios, y al ser Dios Padre pudo darse el lujo de hablar como lo hizo. Señoras y señores: “Jesucristo no era un simple ser humano, Él es el único y verdadero Dios”.

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Mar 25

 

(Juan 16:7-8; Apocalipsis 12:10)

Una cosa es mostrar el error ajeno con el deseo de condenar, de hacer sentir mal, de destruir y perjudicar a toda costa al acusado, y otra muy diferente la de hacer ver el error con la finalidad de corregir, de sanar y restaurar todo daño que haya provocado.

La Biblia nos muestra a dos seres que se encargan de señalarnos nuestros pecados. El primero es el diablo, quien disfruta malévolamente de su oficio restregándonos en la cara los errores cometidos con el fin de arruinarnos, de hacernos sentir culpables, de llevarnos a la miseria de no querer ni orar, ni congregarnos, ni leer la Biblia, ni buscar corrección, ni sanidad, ni restauración. Su único propósito es hacernos sentir culpables y que creamos que Dios nos odia y que nosotros no merecemos ni su amor  ni su perdón. El diablo nos señala los pecados con el dedo índice apuntándonos a la cara.

El otro ser es el Espíritu Santo, quien también detecta el pecado, no los pecados, sino el pecado en sentido genérico, en su fuente, en el corazón mismo, ya que él conoce las intimidades del ser humano, al igual que es el único que conoce lo más profundo de Dios. Y cuando el Espíritu Santo escanea nuestro interior y localiza el pecado que nos puede llevar a cometer pecados, entonces nos convence de que tenemos ese mal dentro de nosotros y nos ofrece la oportunidad de ir hasta un abogado llamado Jesucristo quien nos atiende gratuitamente, nos defiende ante el Padre celestial y nos somete a un tratamiento de purificación para poder extirpar ese pecado. El Espíritu Santo no nos señala los pecados con el dedo índice apuntándonos a la cara, como lo hace el diablo, sino que nos muestra la radiografía de nuestro corazón y nos señala dónde estamos mal usando la mano completa, pues nos la extiende para que la tomemos y recibamos su ayuda. Hay que tener cuidado en la manera como nosotros señalamos los pecados de los demás, pues es muy probable que sin ser conscientes de ello lo hagamos con el dedo como si fuéramos ministros de Satanás, en lugar de hacerlo con la mano extendida como ministros de Dios. Ningún herido debe ser rematado en el campo de batalla, sino trasladado a cuidados intensivos para sanarlo y restaurarlo.

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Mar 24

 

(Génesis 45: 4-13)

El deseo de vengarse es un combustible que motiva a triunfar en la vida para así tener la satisfacción algún día de mirar a la cara a todos aquellos que te hicieron la vida amarga y decirles: “Miren, pedazos de alcornoque, aquí estoy, cosechando éxitos, saliendo adelante a pesar de haberse negado a ayudarme, a pesar de sus burlas e incredulidad. Y así como me hicieron la vida bien miserable, ahora se las voy a cobrar una por una”.

El grave problema con el deseo de vengarse es que es un veneno que causa daños mucho más graves en quien lo ha guardado que en quien es vaciado. El que está herido emocionalmente pude sentirse motivado a triunfar para cobrar revancha, pero al final, en lugar de saborear la miel de sus logros, se autodestruirá con la hiel de su amargura. Una historia ejemplar es la que relata la Biblia en el libro de Génesis sobre José, el hijo de Jacob. Este chico sufrió la envidia y el odio ni más ni menos que de sus hermanos de sangre. Aunque quisieron matarlo, prefirieron venderlo como esclavo a Egipto, lugar donde sufrió muchas calamidades, aunque después de unos años llegó a convertirse en el primer ministro de esa potencia de la época. ¡Qué sorpresa se llevaron sus hermanos cuando él se descubre ante ellos! ¿Quién se iba a imaginar que el niñito consentido de Jacob era ese mismo señor poderoso que estaba allí manejando la economía mundial? La oportunidad para cobrar venganza le vino como anillo al dedo. Ahí los tenía, para torcerles el cuello y hacerles pagar cada una de sus fechorías a esos sinvergüenzas, a esos desgraciados. Sí, desgraciados porque no estaban disfrutando la gracia de Dios, la bondad de sus mercedes. Y eso fue lo que entendió José, por eso su actitud fue otra, la del perdón. Y por ello de inmediato les calmó los nervios y les dijo que no se asustaran, que todo lo que había sucedido, aunque fuese desagradable en un principio, había sido para el bien de él y de ellos, pues fruto de su situación privilegiada ahora estaban todos a salvo bajo su cuidado y protección. Gracias a esos desgraciados, él disfrutaba de la Gracia de Dios. Sí, el deseo de vengarse puede ser un combustible para la motivación a triunfar, pero es venenoso. Usa otro que es mejor: el de compartir tus bendiciones. Sólo recuérdalo por si te hieren en la familia, en el trabajo, en el amor, o hasta en la iglesia.

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Mar 23

 

(2 Corintios 9: 6-8)

Doña Maruja estaba en la cocina de un gran  medio de comunicación hirviendo el agua para servir el té a todos los invitados. Era un día de mucho movimiento y con muchas figuras de la élite cristiana entrando y saliendo, pues se hacía la recaudación de dinero para la compra de nuevos equipos. Cada uno de los oradores y cantantes motivaba a los televidentes a llamar por teléfono y hacer un donativo generoso, muy generoso, por lo cual doña Maruja pensaba que ante su pequeño salario y grandes necesidades dicha oportunidad de ofrendar a Dios no era para ella, por eso humildemente oró: “Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte, pero es tan poquito lo que tengo. ¡Qué pena que no sea una de las cien personas que tenga la cantidad que están pidiendo ahora!”.

Doña Maruja, hay algo que debes saber, y es que tu ofrenda sí vale ante Dios, y el mucho o poco no lo juzga quien recibe, sino quien da, pues para ti un billete de 20 puede ser mucho, aunque para la organización que lo recibe puede ser una insignificancia. Lo que realmente vale ante Dios es tu deseo de dar con amor, con generosidad, pero según tu generosidad y tu abundancia, no la de otros. Dios no está mirando la cifra, está mirando tu corazón. Por eso fue que Jesús, según relata la Biblia, elogió la ofrenda de una viuda que dio todo lo que tenía para su sustento, mas no hizo lo mismo con una persona adinerada que dio un poquito de todo lo que poseía. Creo Maruja que debemos revisar algunas estrategias a la hora de pedir dinero para que dicha actividad no ofrezca una pésima imagen al público. Fallamos cuando enfatizamos que el dar es una siembra para poder cosechar. No porque eso sea mentira, pues la Biblia así lo enseña, sino porque el énfasis está en la transacción y no en la adoración. Fallamos cuando exigimos para cubrir una necesidad, y no por amor al Señor. Fallamos cuando enfatizamos una cifra exacta, en lugar de dejar que cada quien dé según se haya propuesto en su corazón. Fallamos cuando fomentamos la codicia al decirle a la gente que si da 20 Dios le devolverá 200. Y fallamos cuando ponemos en oferta los milagros de Dios. Dar a Dios es un acto de adoración y amor que bendice mis negocios, no un negocio que hay que amar y adorar, ¡cuidado! Damos porque amamos, ¡qué felicidad!

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Mar 22

 

(Romanos 12: 4-5; 1 Corintios 12:12, 26, 27)

Decir que un cristiano puede ser un descuartizador suena macabro, tétrico, como para película de terror, pero ese es el nombre que se le da a aquel que desmiembra un cuerpo, y el “Cuerpo de Cristo” es su iglesia, y cuando alguien se niega a hacer parte de ella y a congregarse, es ni más ni menos que eso, un descuartizador, pues es un miembro que se separa del cuerpo y lo deja desmembrado. Hacerse cristiano significa nacer de nuevo por la obra regeneradora del Espíritu Santo. No es asistir a reuniones de culto o abrazar una religión, es pasar de muerte a vida, de oscuridad a luz, de condenación a salvación, de enemigo de Dios a hijo de Dios y de criatura de vida independiente a miembro interdependiente de un cuerpo que se llama iglesia de Cristo.

La iglesia, según como la define la Biblia, no es un invento de la humanidad, no es una asociación religiosa con personería jurídica, ni siquiera es un edificio donde se celebran cultos. No, la iglesia es la agrupación de los hijos de Dios en el planeta tierra que hacen parte de una unidad llamada “Cuerpo de Cristo” y que es comandada por Él mismo. La iglesia cristiana surge a partir del día de Pentecostés, hace cerca de dos mil años, y se extenderá hasta que el mismo Señor venga por ella para llevársela al cielo a un evento denominado “las Bodas del Cordero”, el cual es en sentido figurado el matrimonio de Cristo, a quien se le denomina “el cordero”, con la iglesia cristiana, que es su esposa. La palabra iglesia proviene del griego “Ekklesia” que a su vez viene de dos raíces que son: “Ek”, que se traduce fuera de, y “Klesis” que es llamamiento. La iglesia es entonces una asamblea, una congregación de personas que han sido llamadas a estar fuera del sistema de este mundo para pertenecer a un cuerpo exclusivo que es el “Cuerpo de Cristo”, y al que sólo se puede llegar a través del nuevo nacimiento espiritual. Todo cristiano debe hacer parte de la iglesia, pues de otra manera sería un desobediente y un descuartizador. Y se debe pertenecer no sólo a la iglesia en el planeta, sino a una iglesia local de sana doctrina, de las que hay en cada ciudad y en la que cada uno puede dar y recibir de cada miembro como en cualquier cuerpo. Y cuidado, no esperes una iglesia perfecta, porque aún no la hay, ya que ni tú eres perfecto ni la iglesia está en el cielo.

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Mar 19

(Juan 3:16; Romanos 8:14-16, 29)

Uno de los grandes anhelos de todo padre es escuchar que entre los primeros balbuceos de su hijito se le salga un “pa… pa”, y cuando eso ocurre el hombre salta de la emoción, corre a contárselo a su esposa y a todos sus familiares y amigos. Algo similar acontece en el corazón de Dios, a quien durante 19 siglos en el Antiguo Testamento se le llamó “Adonai”,” El Shaddai”,” Elohim”, pero nunca Papá. Y gracias a que Jesucristo hizo una obra espectacular al redimir a la humanidad, ahora, para gran dicha del Padre Todopoderoso, puede escuchar de los labios de un ser humano la palabra Papá, es más, ni siquiera Papá, sino Papi, Papito o Papacito.

¿Cómo es la historia? Antes de la obra de redención de Cristo en la cruz del calvario, Dios sólo tenía un hijo, Jesucristo, a quien el apóstol Juan llama en su evangelio “El unigénito”. Pero después de que Cristo paga por los pecados de un ser humano muriendo en la cruz, le levanta sus pecados, se los carga encima y se los lleva, para declararlo justo, por la fe; entonces el Espíritu Santo viene sobre esa persona a darle el nuevo nacimiento. Y tras el nuevo nacimiento, al hacerlo Hijo de Dios, le hace exclamar desde el fondo de su ser: “Abba”, que se traduce al castellano como Papi, Papito o Papacito. “Abba” es una palabra de origen arameo, el idioma popular que se hablaba en Israel en la época de Jesús. Dicha palabra se transliteró al griego, es decir, se escribió exactamente igual en el Nuevo Testamento. Y al pasarse al castellano los traductores han tenido la precaución de dejarla igualita, “Abba”, para que no pierda su connotación. “Abba” era lo que el bebé le decía a su Papá judío en la época de Jesús, era la dulce palabra que aquel hombre anhelaba escuchar de labios de su criaturita. Ahora piensa en Papá Dios e imagínate cuántos siglos debió esperar para que por fin tú se la pudieras decir, no repitiéndola como un lorito, pues cualquiera la puede decir, sino como fruto de haber creído en su Hijo Jesucristo y de haber nacido de nuevo por el Espíritu Santo. ¡Ah! Y si antes Jesucristo era el “unigénito” ahora es el “primogénito”, tu hermano mayor, tal y como lo declara la Biblia. Tal vez al presidente de tu país no le puedas decir “Hola papi”, pero a Dios sí se lo puedes decir, si es que le has entregado tu vida a Cristo.

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Mar 18

 

(Mateo 27:3)

¿Se arrepintió Judas de haber traicionado a Jesús? Pareciera que sí, según se desprende de algunas traducciones al castellano de Mateo 27: 3 en Biblia, donde dice que Judas devolvió arrepentido las treinta piezas de plata que le habían dado por entregar a Jesús. Pero la verdad sea dicha Judas no se arrepintió, sólo se remordió. El verbo griego “metameletheis”, nos habla de una persona que siente dolor por haber hecho algo malo, por haber tenido una conducta incorrecta, pero dicho malestar no pasa de ser una incomodidad. Por su parte, la palabra griega “metanoia” nos habla también de un dolor por la ofensa causada, pero acompañada de un cambio de mente y de vida. “Meta”  se refiere al después de, implicando un cambio, y “nous” es mente. En palabras simples arrepentirse es cambiar de mente, es sentir dolor por el mal proceder y por lo tanto cambiar de manera de pensar y actuar. Es dar media vuelta e ir en sentido contrario al que se venía. Judas nunca se arrepintió, simplemente se remordió, se dolió, vivió la angustia de una conciencia que lo acusaba, y como no puedo anestesiar esa conciencia y extirpar el complejo de culpa, fue y se ahorcó. En el caso de Pedro por ejemplo, que también cometió un terrible pecado al negar a Jesús tres veces y con maldiciones, hubo un genuino arrepentimiento, pues no sólo se dolió por su pecado, sino que cambió de manera de pensar y de conducta y se hizo tan fiel a Dios que no sólo lo predicó como apóstol, sino que hasta murió por Él. El remordido sólo quiere calmar la conciencia, el arrepentido busca el perdón y restaurar su comunión íntima con Dios.

¿Cómo saber si una persona está remordida o arrepentida? Veámoslo con el ejemplo que aquel a quien mordió un perro y llora del dolor. El arrepentido, jamás se le volverá a poner en frente a un can que no conozca. Él aprendió la lección, sufrió, cambió de mentalidad y de comportamiento. El remordido, en cambio, tan pronto se le haya pasado el malestar, volverá a ponerse en frente de otro perro, por lo cual, lo volverán a morder, y así demostrará que es un remordido, no sólo porque no cambió de mentalidad y comportamiento, sino porque lo volvieron a morder, será un “re mordido”.

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Mar 17

 

(Números 21:4-9; 1 Juan 2:1-2)

-         Maestro, yo no deseo pecar, yo no deseo desobedecer a Dios nunca.

-         Te felicito discípulo, esa debe ser la actitud verdadera de todo cristiano, siempre debe repudiar al pecado. Debe luchar primeramente por no tener que enfrentarlo, y si le toca enfrentarlo, debe luchar por no ser mordido, y si lo muerde, debe luchar por no morir.

-         ¿Qué quiere decir eso maestro?

-         Que aunque un cristiano debe tener en mente el no desear pecar jamás, tiene que recordar también, para casos de emergencia, que hay un procedimiento que es preciso seguir. Te explico. En la Biblia se nos cuenta que en una ocasión aparecieron serpientes venenosas por el campamento de los israelitas en el desierto. Y muchos murieron por la picadura. Pero Dios, en respuesta a la oración de Moisés, le dijo que hiciera una serpiente de bronce y la levantara sobre un asta, y que cuando alguien fuere mordido mirara a esa serpiente de bronce y viviría. Y así paró la mortandad.

-         ¿Entonces ya nadie fue mordido por la serpiente?

-         No, no fue que las serpientes venenosas desaparecieron, o que ya nadie fue mordido. Lo que significaba era que ya nadie moriría por la acción del veneno.

-         ¡Ah! ¿pero entonces sí se sufría por la mordedura?

-         Por supuesto. Aunque no creo que alguien se levantara cada mañana deseando ser mordido por una serpiente, y anhelando padecer el dolor, y tal vez la fiebre y la desazón que producen la mordedura. Creo más bien que la gente tomaba todas las precauciones para no encontrarse con una serpiente, y si se topaba con una, evitaba al máximo ser mordido, y si era mordido, corría a toda prisa a mirar la serpiente de bronce para no morir.  Y eso mismo es lo que nos enseña el apóstol Juan, que no pequemos, nunca, jamás, de ninguna manera, pero que si llegáremos a caer, corramos donde nuestro abogado, el Señor Jesucristo, quien nos estará esperando con los brazos abiertos, porque hoy, Él es para nosotros esa serpiente de bronce, el que se arrepiente y deja su pecado, recibe su perdón y vivirá eternamente.

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