
(1 Samuel 17: 12-30)
¿Si estuvieras bien seguro de tener una gran capacidad para desarrollar una tarea, pero en lugar de darte la oportunidad te relegaran y le dieran la oportunidad a otros, te quedarías enojado haciendo pucheros? ¿O esperarías pacientemente que se te diera la ocasión para demostrar de qué eres capaz? ¿Y si la oportunidad que estás esperando no se te da de la manera como la imaginas sino que viene envuelta en un humilde trabajo, la aceptarías? En la Biblia se cuenta la historia de un personaje que aunque era capaz de matar a un león y a un oso con sus propias manos, nadie sabía de esas hazañas que se daban en privado, y además, no pudo ser enrolado en el ejército por ser muy jovencito.
Esa es la historia del pequeño David, quien mató al gigante Goliat. Él era un chico muy seguro de sus habilidades, con deseos de ingresar a la academia militar y servir a su rey como soldado y no sólo como músico como lo había estado haciendo. Pero tenía en contra que estaba muy jovencito, que era el menor de ocho hermanos y por ende el que tenía que cuidar las pocas ovejas de la familia y hacer los mandados de la casa, y que al ser su padre muy anciano, su familia sin dinero ni abolengo y venir de un insignificante pueblito llamado Belén, sus sueños de hacer carrera militar le estaban casi que negados. No obstante la oportunidad le llegó de manera inusual. Sus tres hermanos mayores que sí habían pasado todos los exámenes y habían sido admitidos en las fuerzas armadas se encontraban en el frente de batalla, motivo por el cual su papá le pidió que les llevara 20 kilos de trigo tostado y diez panes, además de diez quesos para el oficial al mando del batallón. Y le encargó también que le trajera alguna prenda de ellos como señal de que estaban bien. Esa oportunidad no le llegó en una carta del rey, ni vino por él un sargento, ni lo recomendó un capitán, ni la municipalidad le obsequió una beca para la escuela de guerra. Su oportunidad llegó en tres cosas: trigo, pan y queso. Su ocasión para demostrar sus grandes capacidades estaba en cumplir la misión de llevar trigo, pan y queso. Y lo hizo. Y así como José se preparó administrando una hacienda y luego una cárcel para llegar a ser el primer ministro de Egipto, él aprovechó el momento que Dios puso en su mano, y como buen sabueso preguntó, investigó, propuso, peleó y venció.
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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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