(Lucas 7: 1-10; 1 Pedro 5:6)
No es difícil darse cuenta del por qué las personas arrogantes caen mal en todas partes, ya que la altivez y la prepotencia en lugar de atraer producen rechazo. Esto lo saben muy bien aquellos personajes que son amados entrañablemente por su público, aunque no tengan las mismas calidades de otras figuras a quien nadie se soporta. Un claro ejemplo de esto podría ser Enrique Iglesias, un chico que aunque no es técnicamente un buen cantante, es más aceptado y querido que otros que lo rebasan en cuanto a calidad interpretativa. Y el ser tan apreciado le ha granjeado el ser el campeón en ventas de discos, negocio que cada día es menos rentable para disqueras y artistas. Enrique heredó el carisma de su padre Julio, quien no tenía problemas en sonreír, abrazar a su entrevistador, cargar un bebé o cantarle a una abuelita al oído y luego darle un beso. Y es que los que se creen la última gaseosa del desierto y exigen aplausos y admiración, lo único que consiguen es la antipatía, pues aunque la gente tenga que reconocerles sus talentos, se resisten a aplaudirles, admirarles y quererles.
En la Biblia se cuenta la historia de un centurión romano que se ganó el corazón de Jesús y le hizo expresar palabras de elogio. Este centurión tenía poder militar, pues era jefe de un batallón de cien soldados romanos, tenía poder político, pues Palestina era colonia romana, tenía poder económico, pues había llegado a construirle a los judíos una sinagoga de su propio bolsillo, y tenía todas las influencias que alguien pudiera desear. Sin embargo, cuando precisa de Jesús para que sane a un criado suyo no le manda soldados que lo obliguen a ir, sino que envía a unos ancianos judíos para que le rueguen. Y cuando Jesús se aproxima a su casa envía otra comitiva para que le digan que no es necesario que entre, ya que sabía que los judíos consideraban inmundo entrar a la casa de un no judío, al que llamaban despectivamente “perro”. Y a la vez que le manda a decir que no es digno de que entre en su casa también le dice que no fue personalmente ante Él porque tampoco se consideró digno de hacerlo. Que sólo diga la palabra y que su criado sanará, puesto que sabía que Jesús tenía toda la autoridad para hacerlo. Y esta actitud, ese proceder y esa fe demostrada, le robaron el corazón a Jesús.
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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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